Rogue One 11: McAddictKing

¿Creen que el inventor de la fast food era un payaso? ¡Qué va! Eso es sólo lo que nos quería hacer creer. Fue un verdadero genio, un genio malvado, pero un genio. Supo crear en nosotros una necesidad, algo que nunca nos había hecho falta antes.

De repente aparece en nuestras vidas y no podemos vivir sin ella. ¿Por qué la comida rápida, la comida basura nos provoca esa sensación de necesidad? Y no me refiero sólo a los restaurantes fast food, sino a toda esa comida que vas paseando por la calle… te llega su olor, de repente no puedes resistirte… y la compras. ¿Qué le echan a esta comida para que nos haya embrujado? Lo resumiría en una frase: encontraron nuestro punto G. El punto G de Gordo.

No está así porque no prueba su comida.

Desde hace 20 años se están haciendo estudios explicando por qué este tipo de comida “fuera de casa” es tan adictiva para nosotros. Y llevan 20 años sabiéndolo y los cambios que se han realizado se centran más en el marketing que en el aspecto saludable o nutricional. Pero no es por ellos, no les echen toda la culpa, es por nosotros. Si vemos una ensalada en un restaurante de comida rápida, no solemos pedirla, queremos la “dosis” de pizza o hamburguesa a por la que hemos ido. Pero nos sentimos mejor cuando vemos la posibilidad de la lechuga, aunque no le elijamos. ¿Por qué no nos podemos resistir?

Esto se debe a la malvadamente mágica combinación de tres ingredientes: el azúcar, la grasa y la sal. Si mezclamos los tres a la vez en las proporciones necesarias se llegará al “bliss point” el punto de la felicidad, nuestro punto G. Esto hará que nos enganchemos. Azúcar en refresco con su correspondiente “subidón”, grasa en la hamburguesa con esa sensación que nos invade la boca y sal en las patatas que potencia todos los sabores… ¡no fue tan difícil!

Ponen la lechuga grande en la foto para que creas que es sano. Pero NO.

Además, el golpe de sabor que recibimos cuando le damos un bocado a esta comida satura las papilas gustativas instantáneamente, consiguiendo así una explosión de sabor que no somos capaces de encontrar en otros alimentos (tampoco la necesitábamos antes, pero ahora no queremos vivir sin ella).

A esto le añadimos un término más, la “dispersión de densidad calórica” que es la sensación de comer menos calorías de las que en realidad estamos ingiriendo. Con este tipo de alimentos comemos muy rápido, a eso vamos, ¿no? No son fáciles de comer, se nos escurren, debemos dar grandes bocados y además se deshacen fácilmente en nuestra boca siendo sencillos de tragar. Así no nos damos cuenta de que ya hemos comido lo que necesitamos, y se convierte en un acto automático. ¿ Hay más pizza?, pues me como otro trozo.

No quieres más, pero no sabes por qué, coges otro trozo. (Ahora ya sabes por qué)

Este combo brutal crea en nuestra mente una sensación de “bienestar” ficticia que consigue que “necesitemos más”. Como una droga, como una verdadera droga. De hecho se comprobó que al tomar estos productos se libera un neurotransmisor llamado dopamina que aparece en otras situaciones que nos producen bienestar … o como cuando se toma una dosis de droga. La misma.

Literalmente se genera en nosotros una sensación de felicidad que nos impulsa a querer más, se libera dopamina de golpe. Pero la comida se termina y esa felicidad se va (muy pronto, además). Y queremos volverlo a sentir. Pero cuanto más lo hacemos, menos dopamina se libera porque nos acostumbramos a esa situación y con más frecuencia necesitamos obtenerla.

Si ya les digo que se comprobó que haciendo uso de este tipo de alimentos durante mucho tiempo se puede llegar a tener una síndrome de abstinencia tal que lleva al punto de no querer otro tipo de comida, generando una verdadera aversión por la comida “normal”, podrán asemejar esas circunstancias a las de cualquier tipo de droga que imaginen. ¿Les suena lo de: “mi hijo sólo come nuggets y cuando le pongo ensalada no la quiere”? Enhorabuena (o no), ha creado un adicto.

En sus manos está.

En ratas se observó que los circuitos de placer se habían vuelto tan locos, (comían tan compulsivamente) que preferían recibir descargas eléctricas mientras comían que no obtener su “dosis” diaria.

Si a toda la parte biológica, le añadimos la componente social, el precio, los regalitos a los niños, la comodidad y vistosidad de los locales y la rapidez en comer y salir, estaremos fomentando esa adicción a este tipo de alimentación peligrosa e innecesaria.

En sus manos está lograr esa liberación de neurotransmisores con este tipo de comida… o hacerlo con todo lo demás que la libera. Puede conseguir esa misma “dosis” de dopamina aprendiendo cosas nuevas, riendo… o incluso con el sexo. Y ninguna de ellas se tiene por qué hacer en un restaurante de comida rápida (sobre todo la última).

Por cierto, la dopamina también se libera cuando tomamos decisiones, así que, ahora que lo sabe, decida.


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